SoyIsaConstantineDCV

; Dejaré los roles pendientes hasta nuevo aviso debido a que Isa tuvo su momento canónico 

SoyAngelaDodsonDCV

— El sonido de una respiración agitada y un golpe sordo la hizp levantar la vista de los archivos del caso esparcidos sobre la mesa de su cocina, con el entrecejo fruncido por la intensidad de la lectura, enfoco la mirada más allá del resplandor de la lámpara. Lo que vio le helo la sangre.
          
          Una figura yacia en el suelo de su sala, justo en el límite de la luz. Un cuerpo pequeño y quebrado, el portal de energía se cerro tras ella con un chasquido leve, dejando solo la penumbra y el silencio roto por los jadeos.
          
          Se levanto de un salto, la silla cayendo detrás de ella sin que lo note. Su entrenamiento como detective le mostro la escena en segundos: sangre, moretones, la hinchazón terrible del ojo, la postura antinatural.— ¿Isa? ¡Isa! —su voz fue un grito ronco, mezcla de shock y terror, cayo de rodillas junto a su hija, con las manos temblorosas a centímetros del cuerpo herido, sin saber dónde tocarla por miedo a hacer más daño.
          
          Su mirada entrenada evalúo las heridas, pero su mente se nego a procesar la brutalidad. Vio el puñalada en el abdomen, la sangre que no deja de manar. Su rostro, normalmente estoico e imperturbable en la escena del crimen, se desmorono. La compostura de la agente de policía se evapora, dejando solo a una madre aterrorizada. —Shhh, cariño, estoy aquí, mamá está aquí —respondio, obligando a su voz a sonar firme a pesar del pánico. Es un instinto primario, protector, sabia que no podia derrumbarse, no ahora. Pero sus manos, manchándose con la sangre de su hija, temblaban incontrolablemente. Levanto la vista hacia el lugar donde el portal desapareció—
          
          ¿Quién te hizo esto? ¿Quién fue? —preguntó, aunque la respuesta es lo último que importa en este segundo—Tranquila, mi amor, respira conmigo, no te vas a morir, ¿me oyes? No te voy a dejar. — Se separó ligeramente, buscando a tientas detrás de ella sin apartar la mirada del rostro destrozado de su hija. Sus dedos rozaron la madera del mueble, luego la pared, hasta que encontró lo que necesitaba. 

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Desde que Isabela era pequeña y se raspaba las rodillas jugando, Angela había mantenido el botiquín al alcance. Ahora lo abrió con manos temblorosas, esparciendo gasas, vendas y pomadas por el suelo.
            
            Déjame verte, mi vida —susurró mientras rompía el empaque de una gasa estéril con las uñas. Presionó suavemente sobre la herida del abdomen, aplicando presión para contener la sangre. Su otra mano acarició la mejilla intacta de Isabela, limpiando la sangre seca con movimientos torpes pero llenos de ternura.
            
            —Ya pasó, ya estás conmigo —repitió como un mantra, mientras buscaba entre los frascos caídos algún antiséptico, alguna solución milagrosa que pudiera borrar el horror que tenía frente a sus ojos.
Yanıtla