Killary nació el 3 de marzo de 2006 en un pequeño barrio de Japón, en el seno de una familia sencilla pero unida. Creció junto a su hermano mayor, quien desde siempre fue su refugio y su mayor apoyo. Desde muy pequeña, Killary mostró una determinación poco común para su edad; mientras otros niños soñaban sin rumbo fijo, ella tenía claro el suyo: quería convertirse en una actriz y algún día sacar adelante a su familia, devolverles todo lo que le habían dado.
Cuando tenía apenas cinco años, sus padres se separaron. Pasó a vivir con su padre, un cambio que la marcó profundamente, pero que nunca logró romper el lazo que tenía con su hermano. Al contrario, esa experiencia los volvió aún más cercanos.
En la escuela, destacaba en todo. Era aplicada, inteligente y extremadamente comprometida. Siempre ocupaba los primeros lugares, no solo por ambición personal, sino porque sentía que debía ser un ejemplo, alguien de quien sus padres pudieran sentirse orgullosos.
Al terminar el colegio, ingresó a la universidad para estudiar medicina. No era su verdadera pasión, pero había algo que la impulsaba a seguir ese camino: el deseo de ayudar a los demás, de aliviar el dolor ajeno, aunque fuera de una forma distinta a la que había imaginado para sí misma. Aun así, su sueño de ser actriz nunca se apagó.
Impulsada por ese anhelo, se presentó a un casting en un reconocido teatro de Shibuya. Contra todo pronóstico, fue aceptada. Al principio, solo le asignaban papeles pequeños: extras, personajes secundarios, presencias casi invisibles para el público. Ensayaba más que nadie, observaba, aprendía y se quedaba hasta tarde perfeccionando cada gesto, convencida de que algún día llegaría su momento.