El Gran Premio de Abu Dabi había terminado con Ferrari llevándose el Campeonato de Constructores y Lior De Lioncourt coronándose como campeón de Pilotos de la Fórmula 1. Mientras su equipo celebraba, él se escabulló entre los garajes de repuestos, su corazón latiendo más fuerte por otro motivo. Y ahí estaba.
Leonard, el piloto estrella de Red Bull, lo esperaba apoyado contra una pila de neumáticos, con esa media sonrisa que lo volvía loco, para después acomodarse en una silla. No hizo falta una palabra. Lior se deslizó sobre su regazo, sus labios atrapando los de Leonard con un hambre contenida. El beso fue feroz, desesperado, con las manos de Leonard recorriéndolo, sujetándolo con fuerza, queriendo más. Lior gimió suavemente contra su boca, perdiéndose en la sensación de esos labios y ese cuerpo tan malditamente familiar. Sus dedos se hundieron en el cabello de Leonard, profundizando el beso hasta que casi no hubo aire entre ellos.