¿Terminaste, Evans? Porque mientras vomitas tu estúpido discurso de dignidad, yo sólo escucho lo mismo de siempre: “no me interesas” dicho por alguien que es incapaz de ignorarme y seguir caminando sin mirar atrás. No te gustaría ser un “aperitivo”, y, sin embargo sigues aquí, lista para ser devorada por mí si yo así lo quisiera. Que bueno que no te consideras a tí misma perfecta, me da asco la gente pulcra. Yo prefiero quedarme con tu rabia, con cómo se te afilan los ojos cuando te provoco, con la forma en la que se te acelera la respiración cuando me acerco a ti. No necesitas que te toque para perder el norte; eso ya lo logro sólo con mi voz. Admitelo, bombón, te enciende que no me calle, que no te pida permiso, que te diga las cosas como son, ¿acaso Potter hizo eso por ti alguna vez?, ¿acaso logró mirar más adentro de ti y notar que no eres sólo una muñeca de porcelana que quería ser tratada con suavidad? Repito. ¿Besarte? No. No pienso regalarte nada. Te lo vas a ganar. Vas a rogar por eso. Tu curiosidad te está traicionando a gritos, Evans. Dices “vete”, pero tus pies no se mueven. Dices “no”, pero preguntas “¿qué harás?”. Yo haré lo que siempre hago; arrancarte las caretas una por una hasta que dejes de jugar a santa y me digas exactamente lo que quieres, sin tartamudear. Mis labios no son para cualquiera, Evans. No se posan en vírgenes de porcelana ni en egos inflados. Se posan en hombres o mujeres que saben que el fuego quema y aun así se acercan. ¿Eres, acaso, esa clase de mujer?