Aerion apenas ladeó la cabeza cuando notó las palabras agrias de su padre contra el oído, sus ojos fijos en algún punto más allá de su hombro, casi aburridos. Cuando Maekar terminó, el príncipe dejó de esquivar la mirada, enderezando el cuello con un chasquido casi imperceptible mientras regresaba el rostro al de su padre. Soltó entonces un bufido seco, ínfimo, insignificante. “ Te hundes demasiado en el miedo, kepa. ” Un susurro con un deje demasiado meloso. “ Me tratas como si hubiese cruzado el mar para atentar contra la gracia de mi tío, como si buscara su sangre ¿Temes, a caso, que haya venido a terminar lo que tú dejaste a medias en Ashford? No seas absurdo. ” Aerion se pasó una mano por las hebras del cabello, como si se tratara de un dragón erizando las escamas ante el engorro. Y lo miro con curiosidad, casi con demasiada frialdad. “ El acero que debería preocuparte no es el mío. En las Ciudades Libres me crucé con hombres que no nos aguardan afecto alguno. Vi a Aegor Rivers, y créeme, que su sed de sangre no se ha apagado con los años. Los bastardos de tu abuelo siguen guardando el hambre que el dragón negro no pudo cobrarse, y si mis intenciones fueran tan oscuras como crees, no os advertiría. Me sentaría a esperar cómo os destruyen. ” Hizo una pausa breve, relamiéndose los labios antes de que su propia altivez se quebrara por una urgencia distinta. “ Espero que con Aerea hayas sido más clemente. Ella dejó Lys cuando me uní a los segundos hijos, y consideraría un pecado que, por estar tan ocupado odiándome, la hubieras dejado sola en Summerhall, a merced de los despojos de mis hermanos. ”