SoyMaekarITargaryen

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SoyVaelenITargaryen

Padre, finalmente he regresado de Stokeworth. Unas tierras jodidamente aburridas. Es un milagro que no me haya muerto de un síncope de pura monotonía entre tanto verde mediocre y tanta gente que huele a queso agrio y a oveja. He pasado días escuchando a lord Stokeworth balbucear sobre sus cosechas y sus hijas, cada una más insípida y plana que la anterior. Es una puta pérdida de tiempo, padre. Me envías a parlamentar con gente cuyo mayor logro intelectual es saber en qué dirección sopla el viento para que no les caiga su propia mierda encima. ¿Para esto me preparaste?  He oído que el psicópata de Aerion.

SoyAerionTargaryen

“  Kepa.  ”   Sus labios moldearon el valyrio con una cadencia hosca, una melodía casi almibarada. Quizás el   príncipe   había labrado aquel momento en su mente durante cada legua de su   destierro,   pero permaneció gélido, deteniéndose a penas cruzado el umbral de los aposentos de su padre. Traía consigo el sol de   Essos   dibujado en la tez, con el cabello casi inalterado pero rematado en la nuca por hebras afiladas y definidas que caían como una   cresta   de dragón. Miró a   Maekar   con orbes carentes de brillo. Su   padre   no parecía haber cambiado ni un ápice bajo el peso del tiempo.  Aerion  tampoco lo habría esperado.   “   Parece que el tiempo ha sido más   generoso   conmigo que contigo.  ” 

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«   Bien.   »  La palabra salió despojada de melosidad, seca como las tierras en las que había vagado durante meses.   « Si ella está aquí, entonces podré irme pronto.  »  Una pausa, en la que en su rostro brilló una serenidad que le era ajena.   «  Sé que no me quieres aquí, kepa. Y yo no tengo intención alguna de asfixiarme bajo el peso de tu resentimiento. Me reuniré con mi melliza y partiremos juntos hacia Starfall.  »   Dio medio paso hacia un lado, rompiendo la imposición física de su padre. Su voz firme, cargada de una verdad inevitable.   « Te lo pido ahora, por cortesía, pero ambos sabemos cómo terminará esto en caso de que te opongas. »    Aerion se relamió los labios una última vez, con los rastros de una sonrisa apenas formada en los afilados remates de sus comisuras.  « Siempre fue más mía que de nadie. Quédate con tu cargo y tu capital, padre. Yo me quedaré con mi sangre.  » 
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Aerion apenas ladeó la cabeza cuando notó las palabras agrias de su padre contra el oído, sus ojos fijos en algún punto más allá de su hombro, casi aburridos. Cuando Maekar terminó, el príncipe dejó de esquivar la mirada, enderezando el cuello con un chasquido casi imperceptible mientras regresaba el rostro al de su padre. Soltó entonces un bufido seco, ínfimo, insignificante.     “   Te hundes demasiado en el miedo, kepa.  ”    Un susurro con un deje demasiado meloso.     “   Me tratas como si hubiese cruzado el mar para atentar contra la gracia de mi tío, como si buscara su sangre  ¿Temes, a caso, que haya venido a terminar lo que tú dejaste a medias en Ashford? No seas absurdo.  ”    Aerion se pasó una mano por las hebras del cabello, como si se tratara de un dragón erizando las escamas ante el engorro. Y lo miro con curiosidad, casi con demasiada frialdad.   “ El acero que debería preocuparte no es el mío. En las Ciudades Libres me crucé con hombres que no nos aguardan afecto alguno. Vi a Aegor Rivers, y créeme, que su sed de sangre no se ha apagado con los años. Los bastardos de tu abuelo siguen guardando el hambre que el dragón negro no pudo cobrarse, y si mis intenciones fueran tan oscuras como crees, no os advertiría. Me sentaría a esperar cómo os destruyen.  ”   Hizo una pausa breve, relamiéndose los labios antes de que su propia altivez se quebrara por una urgencia distinta.  “  Espero que con Aerea hayas sido más clemente. Ella dejó Lys cuando me uní a los segundos hijos, y consideraría un pecado que, por estar tan ocupado odiándome, la hubieras dejado sola en Summerhall, a merced de los despojos de mis hermanos.  ” 
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Aerion   devolvió el envite con dos pasos medidos, las manos unidas en una quietud absoluta. La luz, ahora más   generosa,   reveló el paso del tiempo en el rostro de su padre. La tez   pálida,   los ojos hundidos en pozos de sombra y esa mueca   agría   que parecía grabada en su gesto desde el principio de los tiempos. La sequedad de sus palabras no fue una nota   discordante,   pues Aerion conocía bien el alcance de su afecto, y no se permitió el lujo de   imaginar.  que el destierro hubiera ablandado el   corazón   de   Maekar.      “  ¿Y cómo podríais saberlo, padre? Tu silencio ha sido tan vasto como el mar que nos separaba.  No obtuve ni una sola carta con tu nombre.   ”    Mas las palabras no salieron acusatorias de sus labios.   Aerion   ladeó la cabeza, escrutando la efigie de su padre con una curiosidad que rozaba la melancolía. ¿Cómo podía un hombre habitar tal estado de inmutabilidad? Tan gélido, tan ajeno. El espectro de una sonrisa cruzó su mente, pero la imagen se marchitó antes de cobrar forma, era un concepto huérfano de recuerdo. Jamás había visto luz en aquel rostro, y sabía que no lo haría ahora tampoco.   “   Aun así, me habría extrañado que lo hicieras. Tu silencio siempre ha pesado más que tus palabras.  ”    Un leve instante en el que Aerion apenas carraspeó.   “   Me uní a los Segundos Hijos, por si los guardias que enviaste tras de mí no te lo contaron ya. Me costó poco sacudirme su rastro, resulta que hasta el juramento más firme tiene un precio en oro. ”     Dio un paso más. Uno corto, queriendo comprobar algo más de cerca. En ese instante, su mirada amatista se clavó en el emblema que descansaba sobre el pecho de su padre, la Mano que prendía su túnica.  “   Supe por uno de ellos que mi tío te nombró su Mano. Debió ser una noticia grata, padre, aunque no pareces un hombre que haya alcanzado su gloria. El cargo debe pesar más de lo que esperabas.   ” 
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