En la noche más inquieta y fría de luna llena, una mujer pelirroja dio a luz a una niña cuyo destino había sido marcado desde siglos antes de su nacimiento. Martina Andrea Marshall fue la primera en su linaje en desafiar a la naturaleza, la única híbrida verdadera de licántropa y bruja que el mundo haya visto.
Su infancia fue un rompecabezas: perdió a su madre a los cinco años y su padre prefirió dar amor en otro lado antes que a ella. Así, en su onomástico catorce, eligió la libertad como su paz.
El destino la llevó de regreso a Tom Riddle. De pequeña le había temido, pero de mujer lo había deseado. Su oscuridad la tentó como un beso que promete dolor y placer al mismo tiempo. Fue fascinación; fue cuerpo contra cuerpo como dos enemigos pero a la vez amantes que los hizo borrar la cordura. Él quiso poseerla y ella se dejó adorar.
En ese reino de sombras conoció a James y Joffrey, dos niños cuya dulzura se coló en su corazón sin pedir permiso. Los protegió como si fueran suyos desde el primer instante; la llamaron madre con los ojos mucho antes de hacerlo con palabras, y ella los cubrió con su manto.
Entre noches de hechizos peligrosos y caricias que quemaban la piel, Aegon surgió como una mezcla perfecta entre la magia y lo bestial. Entonces comprendió que quedarse sería su caos. Huyó embarazada, dispuesta a buscar la libertad sin dejarse dominar y para seguir dando el amor que en la niñez ella anhelaba.
Hoy, con veintidós años, gobierna como Alfa de la Manada Menguante, nacida de los restos de Luna Creciente, en los bosques que custodian Nueva Orleans. La integran licántropos quebrados por antiguas maldiciones. A su hogar se unió también Eloise, una pequeña bruja del barrio francés que convirtió su hogar en risa y esperanza.
La felicidad no la encontró en castillos ni príncipes: nació en ella cada vez que sus hijos la abrazaron y la llamaron mamá.
Porque Martina Andrea Marshall no suplica por amor:
lo crea, lo protege y lo marca a sangre y luna.