La vida de Montana nunca estuvo destinada a la calma de las plantaciones de Virginia. Hija de Mason Lockwood, creció en un ambiente de movimiento constante, siguiendo a su padre por ciudades costeras y gimnasios de mala muerte, lejos de la mirada juiciosa de su tío Richard.
Mason, consciente de la oscuridad que dormía en sus venas, intentó protegerla del destino de los Lockwood, pero la genética resultó ser más rápida que sus intentos de huida.
A los trece años, en un modesto club de boxeo en Florida, la tragedia selló su destino. Durante un sparring rutinario, un comentario fuera de lugar de su oponente disparó en ella una oleada de calor y una fuerza que no sabía que poseía. Un solo golpe seco, cargado con la rabia ancestral de su linaje, fue suficiente para causar una lesión fatal. El chico murió antes de tocar la lona.
Esa misma noche, mientras el mundo exterior hablaba de un accidente trágico, Montana experimentó por primera vez el infierno en vida: sus huesos quebrándose y reacomodándose bajo la luz de la luna, una agonía que Mason tuvo que supervisar en silencio, encadenándola en un sótano mientras ambos lloraban la pérdida de su inocencia.