—Bueno, cierra el papoi, no acostumbro a que acepten. Al menos la última vez terminé preso y con una rinoplastia casera. —No supo dónde colocar sus manos, pero se las arregló para abrazarlo del cuello sin lastimar. — Y se me hace aún más raro que pongas tus manos ahí. —Entrecierra los ojos. Una sonrisa diminuta se le forma, al compás de una inclinación para entremezclar su aliento con el del ajeno. — ¿Me besas tú o...?