Es un dios ambicioso, curioso y orgulloso. Ve la vida y la muerte como piezas de un tablero, un simple juego para él. Suele mostrarse sereno, aun cuando en su interior es un torbellino; siempre entre el deseo de probarse a sí mismo y el resentimiento contra sus padres por haberlo limitado, cuando fueron ellos quienes permitieron que estuviera fuera de control. Encuentra fascinantes a los humanos, le parecen divertidos e interesantes y disfruta observarlos o interactuar con ellos porque apenas ha tenido la oportunidad de hacerlo. No teme a nada salvo a ser olvidado. Pese a todo, guarda una relación contradictoria con Salyei, la odia por el sello que le puso y por volverlo ciego, pero también es la única persona a quien respeta, porque sabe que Salyei tiene el control sobre todo y es quien lo entiende mejor que nadie.
Desde niño, Nezha jugaba a destruir y crear como si fueran simples bloques, arrasando mundos y rehaciéndolos a su antojo, hasta que su poder alarmó a su abuela Salyei, quien advirtió el peligro de que se convirtiera en un caos imposible de controlar. Finalmente, cuando Aruán y Eryon ya no pudieron contenerlo, decidieron exiliarlo a un plano menor, y como castigo adicional, Salyei lo cegó y colocó sobre él un sello de limitación para cortar el vínculo que le permitiría encontrar los mundos de nuevo. Sin embargo, Nezha desarrolló sus instintos hasta niveles sobrehumanos, percibiendo rutas, energías y grietas cósmicas que lo guiaron de regreso; contra todo pronóstico, logró encontrar nuevamente el camino a los mundos. Desde entonces habita entre planos, oculto, pues sus padres lo creen perdido, y solo Salyei sabe que ha regresado, aunque calla, observando en silencio lo que hará.