A sus diecinueve años, Nicholas Alexander Banner parecía haber nacido con el único propósito de desafiar las leyes de la física y, de paso, la paciencia de su hermano mayor. Mientras Bruce representaba la cautela, el silencio y un esfuerzo titánico por mantener la calma, Nick (o "Nico", cómo prefería llamarlo Bruce) era un torbellino de música punk a todo volumen, café cargado y una energía caótica que llenaba cualquier habitación en la que entrara. Poseía la brillantez innegable del apellido Banner, pero en lugar de encerrarse a teorizar sobre bioingeniería, prefería la adrenalina de desarmar tecnología avanzada en el suelo de su habitación solo para ver si podía duplicar su potencia y hacer cualquier tipo de juguete o herramienta para molestar a los demás.
Para Bruce, vigilar a Nico se había convertido en un trabajo de tiempo completo y en una cruzada personal. Sentía una profunda responsabilidad por el futuro de su hermano menor y, sobre todo, un miedo constante a que ese temperamento impulsivo y descontrolado lo metiera en problemas de los que no pudiera salir. Intentaba actuar como un mentor, diseñando rutinas estructuradas en el laboratorio y ofreciéndole consejos sobre el control de impulsos que Nico solía recibir con una sonrisa sarcástica y un chicle entre los dientes. Para el joven Banner, las precauciones de Bruce no eran prudencia, sino un miedo paralizante a vivir que él no estaba dispuesto a compartir.
Los choques entre ambos eran inevitables y constantes. Nicholas detestaba que lo trataran como si fuera de cristal o una bomba de tiempo a punto de estallar, y no dudaba en recordarle a Bruce, a menudo a gritos, que su falta de filtro no lo convertía en alguien peligroso. Sin embargo, detrás de la música alta y las imprudencias que ponían a prueba los nervios de Bruce, Nico buscaba la aprobación de su hermano mucho más de lo que admitía.