Por primera vez, el silencio de la mansión pesaba más que cualquier hechizo. Rune permaneció inmóvil frente al despacho vacío, con la certeza de que algunas despedidas no necesitaban palabras para doler. Tom le había enseñado a dominar la magia, a controlar el miedo y a pensar antes de actuar, pero nunca le enseñó cómo continuar cuando quien había sido parte de su guía ya no estaba. Aun así, enderezó la espalda. Aunque la sangre no los uniera, el apellido Riddle también era suyo. Lo llevaría con el mismo orgullo con el que llevaba el Maximoff, porque ambos formaban parte de quien era.