SoyMikey
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¡sanzu! ¿dónde te habías metido?
@SoySanzuHaru
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¡sanzu! ¿dónde te habías metido?
¿cómo que manjiro?
sanzuuu.
/ el pálido rostro del azabache se tiñó de un suave rosáceo con aquel beso, un dulce acto que no dudó en corresponder con auténtica devoción. se quejó cuando el hombre se separó, no dudando en dejarle pequeños ósculos en esos lindos cerezos. ¿eso crees? intento ser un poco mejor... para ti, para mis hermanos. ¡pero sobretodo para ti! es que, hmm... quédate conmigo siempre.
que lo hayas hecho es increíble, no te menosprecies. / su índice comenzó a trazar pequeñas caricias en la naricita de sanzu, como un tierno juego que dejaba ver lo que acallaba su interior. eres el hombre más increíble del mundo para mí, no quiero que nunca lo dudes, ¿sí? / cerró finalmente sus ojitos, esbozando una dulce sonrisa.
sanzu, ¿qué ocurre?
eso me parece bien, ahora tendré que hablar con ran para que desista el acoso hacia rina. ese hombre... solo sabe amargar la vida de las mujeres a las que se acerca: qué asco. lo sé, pero debes prometerme que siempre saldrás bien de todo. / casi que ronroneaba como un gatito por aquellos mimos, no pudiendo evitar cerrar sus ojitos. sanzu... ¿no piensas besarme?
bueno... está bien si fuiste para hacer un bien. ya sabes que no puedes molestarla más, no solo por el balazo, sino porque me haces ponerme súper triste. / suspirar con calma, terminando por acurrucarse contra su pecho. no me asustes nunca más, sanzu. es horrible verte tan pálido y lleno de sangre, que no se repita.
¡sanzu! te lo agradezco, es un gusto volverte a ver.
sanzu... ¿te encuentras mejor?
/ su quejido lo alarmó por completo, sobresaltándose incluso. su rostro parecía palidecer cada segundo que pasaba, como si le hubieran dado el mayor susto de su vida. lo... lo siento, sanzu. estaba bastante bien pegado y ha supurado un poco. / le explicó, intentando mantenerse calmado. con cuidado, se hizo un hueco entre las piernas del hombre, pasando un algodón mojado de ungüento por la herida para limpiar la zona. hago lo mejor que puedo.
/ aquellas palabras fueron como un balde de agua fría para mikey. había visto todos los pesares de su hermana con aquel hombre, de tan solo volverlo a recordar, la sangre le hervía. debí matarlo cuando tuve oportunidad... / murmuró a regañadientes, sentándose al borde de la cama para comenzar a cambiarle el vendaje al pelirrosado. me da igual, no puedes tener normalizado un balazo. ¿qué voy a hacer si te mueres?
¡sanzu! ¿qué te ocurre? estás tan pálido... y lleno de sangre. / sus manos acunaron el rostro del pelirrosado, con miedo. ¿q-quién te hizo esto?
/ cuando volvió y lo escuchó, no pudo evitar formar un mohín con sus labios. el estado de aquel hombre, del único capaz de hacer vibrar su desgastado corazón, le dolía como el peor de los golpes recibidos. guarda silencio, te dañarás. / murmuró, comenzando a limpiar el exceso de sangre para – poco tiempo después – retirar aquella bala con meticuloso cuidado. y una gran puntería. te disparó pero consciente de no matarte.
pero, ¿cómo? ¿por qué? ¿qué ocurrió? / aunque fuera preso del pánico, el azabache tumbó con cuidado al hombre en el sofá, quitándole sus ropas para examinar la herida de la que no paraba de brotar un río de sangre. oh... te-te disparó. no es profundo y hay materiales, por favor, presiona la herida mientras voy a por ello. ¡no te vayas a dormir! te lo ruego, sanzu.
eres mísero.
͏ / sanzu no retrocedió. la amenaza se le deslizó por la piel como un perfume extraño, casi dulce. algo en sus ojos rosados se encendió con una chispa burlona, un destello que no conocía el miedo, solo el placer retorcido de empujar los límites. la observó con detenimiento: la tensión en su mandíbula, la furia cruda respirando por cada poro, el temblor minúsculo de sus dedos aún cargados de advertencia. y entonces, esa sonrisa suya fina, torcida, venenosa se abrió paso lentamente. vamos, rina. no puedes negarme ver a aranara. ͏ / dio un paso más cerca, demasiado cerca, como si el aire no hubiera sido suficiente y necesitara sentir la temperatura de la amenaza tocándole el rostro. inclinó la cabeza, estudiándola, midiendo cada sombra que se formaba en su expresión. su mano subió despacio. no con violencia. no con urgencia. sino con ese descaro suave que solo él conocía. los dedos del pelirosa buscaron la mano ajena, queriendo rozar su piel, atraparla, sentir cómo temblaba bajo su contacto. sanzu siempre había sido así: un incendio que no sabe apagarse, un animal que mete la mano en la herida solo para ver cómo reacciona. estaba a milímetros de alcanzarla cuando— el estallido. se sintió como un trueno comprimido, seco, brutal. un disparo que perforó el aire y lo atravesó a él antes de que su respiración pudiera terminar de nacer. el impacto le abrió el abdomen con un sacudón ardiente, empujándolo hacia atrás. la burla se congeló en su sonrisa, todavía pintada, todavía desafiante, incluso cuando la sangre empezó a calentarle la camiseta. sus dedos, que casi habían tocado la mano ajena, terminaron suspendidos en el vacío. aun así, incluso mientras caía un poco, incluso mientras el eco del disparo seguía rebotando en las paredes, sanzu sonrió de nuevo. no por valentía. no por locura. sino por simple, pura y absoluta provocación. lo entendí.
/ rina pasó frente a él con una suavidad casi antinatural, como si sus pies no tocaran del todo el suelo. su sombra, larga y rota, se deslizó por el cuerpo del pelirosa como una garra silenciosa. y cuando su respiración lo alcanzó, fría, irregular, casi intermitente, pareciera que todo el espacio se comprimiera alrededor de ambos. un pequeño temblor recorrió sus dedos al levantar la mano, no por debilidad sino por tensión contenida. esa mano, huesuda, marcada por tendones que parecían cuerdas a punto de reventar, se alzó hacia su camiseta sin tocarlo, proyectando sobre él una amenaza más pesada que el contacto. su vientre se movió apenas, un gesto involuntario que contrastaba de forma brutal con la rigidez de su cuerpo. vida dentro de un cascarón agotado. ¿me entendiste? dime que me entendiste.
͏ / rina avanzó como un presagio. cada paso suyo tenía el sonido blando de un cuerpo que ya no debería sostenerse; un eco tenue, quebradizo, que se arrastraba por el suelo igual que un susurro moribundo. la luz tenue delineaba la fragilidad de su figura: brazos flacos como ramas secas, clavículas afiladas, piel tirante que parecía a punto de romperse si el aire soplaba demasiado fuerte. y en medio de todo ese esqueleto vivo, su vientre sobresalía, redondo, tenso, palpitante… una luna enferma suspendida en un cielo sin estrellas. sanzu, inmóvil, era apenas un obstáculo más en su camino. pero la forma en que ella lo miraba lo convertía en algo distinto: en un blanco. en un punto fijo donde depositar la furia vieja y el cansancio acumulado en los huesos. sus ojos, hundidos pero encendidos desde un lugar lejano, no mostraban solo rabia; había un vacío desolado, un pozo sin fondo donde se ahogaban emociones que ya no encontraba cómo sostener. esa mirada no pedía nada. exigía. quiero que te mantengas lejos. lejos de mí, de mi esposo y de mis hijos. no quiero tu sombra en nuestra puerta. no quiero tu nombre en nuestras paredes. no quiero ni el aire que respiras cerca de lo que es mío. …será tu última decisión si gustas continuar con este espectáculo. no dudes de mi palabra. no dudes de lo que soy capaz de hacer por proteger lo que amo. ͏
sanzu.
yo tampoco podría serlo, es decir, soy rudo, no tengo empatía, un delincuente, un violento, estoy hundido en mi propia mierda. ¿cómo podría hacer feliz a una criatura? pero, con nara, cuando sonríe nada más verme o jura que soy el mejor tío del mundo... algo en mi corazón vibra, como la esperanza de que – quizás – tengo el derecho de ser feliz y tener mis propios hijos. pero claro, un bebé necesita estabilidad emocional y a sus papás.
¿estás seguro que no te caíste de la cuna cuando naciste?
sé perfectamente que no, no he descuidado a rina ni un solo segundo. además, en nuestra relación existe una confianza inquebrantable, así que me cuenta absolutamente todas las molestias que le causan otros. ni se te ocurra mencionar esa posibilidad, sanzu, porque te prometo que acabarás colgado en la pared de mi casa: muerto.
no tienes que confiar en mi mujer, sanzu. céntrate en no perder a manjiro, oí que tiene una larga lista de pretendientes.
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