Ella un ángel hecho de alba,
una criatura de silencios puros y corazón cálido, de jardines donde las rosas no conocen el invierno.
Yo en cambio una sombra,
un huésped frecuente de la noche, un coleccionista de errores, de costumbres torcidas, y de ruinas, pero nos encontramos donde las barreras se desafían en ese límite extraño donde la luz se inclina para contemplar el abismo.
Ella habla con la serenidad de un templo,
y yo respondo con el lenguaje roto de una tormenta, sus ojos guardan la paz pero los míos, el incendio de todo lo que arde.
Y aun así, la amé.
La amé como a una peligrosa tentación,
como los náufragos que se aferran a la costa, como la oscuridad más antigua que termina arrodillándose ante aquello que ama, justo cuando había aprendido a vivir entre escombros.
Quise habitar cada pensamiento suyo,
hacer de su recuerdo mi devoción privada, pero mi amor dejó de ser amor algunas noches: se volvió fiebre, vigilia, necesidad, una constelación fija girando únicamente alrededor de ella.
Ella era un ángel, yo era la oscuridad que intentaba ocultar sus colmillos para no asustar a la única criatura que había logrado encender una lámpara en mi pecho.
Pero los ángeles nacen para elevarse,
y las sombras para permanecer cerca del suelo, por eso la observaba como quién contempla a la Luna: con adoración y con temor, temor de tocarla demasiado fuerte y machar sus alas con mis vicios aprendidos en la soledad.
Sin embargo, cada vez que ella pronunciaba mi nombre el universo parecía cometer un hermoso error, el cielo descendía un poco y el infierno olvidaba su oficio.