⭒ ⊱ ⋯ E l l a r i a n a c i ó u n a n o c h e d e v e r a n o, cuando la brisa aún conservaba el aliento del día y la arena no había cedido el calor de la jornada. Dicen que la luna se alzaba como una joya entre las dunas y que las cigarras callaron justo cuando dio su primer grito. Fue en Lanza del Sol, bajo las torres del Palacio Antiguo, pero su madre, una princesa dorniense, aseguraba que la niña no pertenecía a los mármoles frescos ni a las fuentes cantoras, sino al viento seco, a la roca endurecida y a las rosas salvajes que brotan sin permiso entre ruinas olvidadas.
Desde pequeña, Ellaria fue distinta a sus hermanas. Doncellas criadas para el baile y el bordado, que se vestían de seda y hablaban como si el silencio las juzgara. Tampoco fue mecida por canciones de cuna. Ella prefería el sol en la piel, el sabor de la sal, las hojas amargas de los arbustos del desierto. Su primer caballo no era de crin trenzada, sino un corcel nervioso de los valles altos, al que domó sin espuelas y sin látigo, sólo con amor y paciencia.
Con los años, la corte aprendió a temer su sonrisa. Porque Ellaria hablaba poco, pero cada palabra que salía de sus labios era como una lanza lanzada con calma: no fallaba, ni olvidaba.
Se ganó el apodo de la Rosa del Desierto, no por delicadeza, sino por lo que representaba: belleza salvaje, nacida en la adversidad, imposible de arrancar sin sangrar. (+)