Violet Henderson creció en Hawkins, Indiana, en una casa donde el ruido casi siempre venía de ella. Desde pequeña fue expresiva, habladora y social; una presencia difícil de ignorar. Le gustaba hacer reír, llenar los silencios y moverse con naturalidad entre las personas. A diferencia de su hermano menor, que se refugiaba en ideas y teorías, Violet se refugiaba en la gente.
La cercanía de edad con Dustin hizo que desarrollaran una relación particularmente estrecha. Violet fue, durante años, su cómplice, su defensora y su traductora emocional frente al mundo. Era la primera en hablar cuando algo se sentía incómodo y la última en irse cuando alguien necesitaba compañía. Para muchos, Violet era “la hermana cool”: abierta, confiable, siempre dispuesta a escuchar.
Antes de que todo cambiara, su personalidad parecía una armadura suficiente.
Los eventos que sacudieron Hawkins la atravesaron de lleno.
Aunque Violet siguió mostrándose segura y sociable, el miedo se instaló en lugares que nadie veía. Vivió con la sensación constante de peligro, con pérdidas que no podían explicarse y con una realidad que dejó de sentirse estable. Aprendió a sonreír mientras el cuerpo se mantenía tenso, a bromear incluso cuando el corazón latía demasiado rápido.
Ser extrovertida no la protegió del trauma; solo la hizo mejor escondiéndolo.
Después de la última crisis, Violet fue una de las personas que parecían “estar bien”. Seguía hablando, organizando planes, animando a los demás. Pero Hawkins se había convertido en un recordatorio permanente de todo lo que no se decía. La energía que antes le nacía sola empezó a sentirse forzada, como si cada interacción requiriera un esfuerzo extra.
Fue en ese contraste —entre la chica que todos veían y la que se quedaba despierta por las noches— donde nació su interés por la psicología.