SoyLucyPotter

—La única regla, Granger...—Exhaló, estremeciendo bajo el tacto de su mano. Con tan sólo eso bastaba para sacarla de sus cabales.—Es que no te detengas.—Su mirada descendió a los labios fruncidos de Will, un dejo de alcohol arremolinándose en sus fosas cual tornado. Retornó a sus ojos, ese mirar que pretendía aparentarse endurecido.
          
          Su pulso se aceleraba con cada roce. Cada desliz. Era como si los latidos de su corazón se agolparan contra su pecho, anhelantes. Deseosos.—¿Crees que no lo sé?—El tono de su voz contrastaba con la necesidad expresada con su cuerpo. Sus manos, temblorosas, buscaron firmeza en los hombros del ruloso.—¿En serio lo crees?—Recalcó con vehemencia, instándolo a considerar que quizás todo fue ejecutado escrupulosamente a propósito. Que en su encuentro furtivo no cabía espacio para casualidades imprevistas. Que Lucy Potter carecía de la inocencia necesaria para desentenderse del efecto que causaba en él.
          
          Caelum yacía dormido en un sillón. Y ante su involuntario flaqueo, el muro de control que había construido alrededor de Lucy estaba siendo destruido. Ladrillo por ladrillo. Con una franqueza restaurada, la pelirroja se atrevió a esclarecer sus dudas, no a modo de imploración, sino como una orden:—Lo que quiero es que me beses, William.
          
          No trepidó. Fue franca. Y eso resultó incluso más peligroso que su silencio.

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Apenas consiguió reprimir la tentación de, —tan siquiera—, rozar su piel. No permitiría que Will se percatara de ello, pero, por cada distancia milimétrica que se acortaba entre ambos, sentía las flameantes llamas de un fuego avivarse en su interior.
          
          Un escalofrío turbó su postura rígida, firme, aquellos miríficos ojos permaneciendo cerrados, como si eso le concediera la estabilidad requerida para contenerse.—¿Y si sí quisiera jugar...?—Relamió sus labios en un gesto casi instintivo.
          
          El ventoso aire frío proveniente del lago provocó que sus ojos se abrieran, notando el retroceso en cercanía y la ausencia de la calidez que ésta le brindaba.
          
          —Will.—Exhaló su nombre en un hilo de voz. Una vulnerabilidad subyacente en su tono.—Ya sabes la respuesta.—Esta vez no vaciló en aprehender su brazo en un tacto inesperadamente sutil y apacible, inclinándose con levedad en búsqueda de esos azulados ojos capaces de desquiciarla.

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Por un instante, permaneció inmóvil, sólo el leve vaivén de su respiración delatando el impacto. Ante la mención de su pareja, y como si de un reflejo se tratase, aguardó por aquel zumbido constante, —el dominio que Caelum asentaba en su mente—, hallando un ruidoso silencio en su lugar. 
          
          Un temblor en sus labios, que pretendía asemejarse a una sonrisa, quiso disipar la densidad del aire que respiraban.—Omites mi pregunta...—Musitó, casi en un tono cantarín, su mirada desviándose hacia la baranda y sus dedos tamborileando un par de veces sobre ella.
          
          Sus verdáceos ojos regresaron a los de él al oírlo espetar con esa voz demandante. Una oleada triunfante inundó la totalidad de su cuerpo. Inclinó su rostro hacia él, deteniéndose a no más que un par de centímetros. Sus respiraciones se entremezclaban arriesgadamente.—¿Y si decido no hacerlo, Granger?—En su tono reptaba una insolencia tenue, un deje desafiante que serpenteó entre sus palabras.—¿La bajarás tú?
          
          Lucy exhaló una risa, retrocediendo un paso, rebuscando pista alguna de quiebre en las facciones de Will.

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—¿Lo que te la quita?—Replicó, como si sopesara el sabor de las palabras en su paladar. Su torso, con a penas una inclinación leve, se tornó en su dirección. Un ajuste diminuto para ojos ajenos.—¿Y a qué conclusiones llegaste?—Permitió a su mente tantear las probables respuestas del castaño, como si se tratase de un juego. Sin embargo, Lucy podría apostar todos sus galeones por aquella que suponía ganadora. Con él, ese era el nivel de certeza.
          
          Aspiró el aire renovado ante la nueva cercanía que les precedía, una bocanada de ese aroma familiar a colonia, alcohol y cigarros. Sus ojos se cerraron por uno... dos... tres segundos, previo a retornarlos a los de él, como si los hubiera tomado prestados y debiese devolverlos a su dueño.—Quizás eso es exactamente lo que quiero.
          
          Su expresión no flaqueó, aquella sonrisa ladina impávida en su rostro. Lo inclinó, no más que un par de milímetros, hacia la mano recientemente alzada de Will. Era un acto tentador, casi provocativo. Tenía una connotación... hermética, por debajo de él, como si involucrara más que una victoria, pero ni siquiera ella fuera capaz de determinar qué. Un anhelo suprimido centelleó en sus orbes, reluciente y fugaz.—¿Qué es lo que quieres tú, William?

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Los altos decibeles de la música retumbaban en sus oídos como baquetas sobre una batería, un zumbido ensordecedor obligándola a afirmar su frente con una de sus manos. A su alrededor, los amigos de Caelum carcajeaban y hablaban a gritos, como si fueran los únicos en toda la sala común. El cuerpo de su novio parecía haber cedido ante el alcohol, su vaso derramado sobre su camisa en lo que reposaba, sumido en sueños, sobre uno de los sillones. Un bufido exasperado escapó de sus labios granate, era como si repentinamente no pudiera recordar qué veía en él. Se incorporó de su lugar, reclinada contra la pared, para dirigirse a la terraza.
          
          El sonido de la voz de Will, casi emitida a modo de gruñido, hizo que su piel se erizara. No exteriorizó impresión, ni el más minúsculo e imperceptible sobresalto. En su lugar, se encaminó a la baranda, su mirada enfocada, -o en un intento de enfocarla-, en el lago negro, oscurecido debido a la penumbra de la noche.
          
          —Necesitaba tomar aire.—Replicó, sin más, su tono tranquilo, casi podría ser descrito como suave. Le dedicó una mirada de reojo, un indescifrable destello en sus orbes al encontrarse con los ajenos.—¿Y tú? ¿Pensando en el sentido de la vida? ¿O es muy poco profundo para ti?—Una sonrisa alzó las comisuras de sus labios. La primera que le ofrecía en semanas.