Todo calculado. Todo justificado… al menos para él. Hasta que dejó de ser solo eso. Wyatt cruzó la línea de forma consciente.
No abandonó su lógica, ni su forma de pensar. No se convirtió en alguien caótico o dominado por la rabia. Al contrario, su transición fue metódica. Si el sistema no podía responder como debía, entonces él lo haría… bajo sus propias reglas.
Pero incluso entonces, su enfoque no fue el de un vigilante tradicional.
Wyatt entendía demasiado bien lo que significaba tomar la justicia en manos propias. Había estudiado durante años a personas que justificaban sus acciones creyendo que hacían lo correcto.
No iba a ignorar eso. Por eso, su objetivo no se limitó a Bullseye.
Wyatt comenzó a enfocarse en aquellos que operaban fuera de la ley: los vigilantes. Personas que, como Daredevil, actuaban bajo su propio criterio, sin supervisión, sin límites reales. Porque desde su perspectiva, eso también representaba un riesgo.
Así, Wyatt se convirtió en algo inusual.
Un hombre formado dentro del sistema… que decidió operar fuera de él. Un criminólogo capaz de entender a sus objetivos… antes incluso de que actuaran. Un Agente Especial… que eligió otro camino. No era un héroe. No era un villano. Era un vigilante que cazaba vigilantes. Y aunque su objetivo principal seguía siendo claro —encontrar a Bullseye y hacerlo pagar—, con el tiempo su misión se transformó en algo más amplio: poner límites en un mundo donde nadie más parecía dispuesto a hacerlo.
Aun así, en lo más profundo, algo permanecía intacto. Wyatt no había dejado de ser quien era.
Seguía entendiendo a las personas. Seguía buscando razones. Seguía viendo más allá de los actos. Incluso cuando eso significaba perseguir a quienes, alguna vez, creyó comprender.