Pues claro que me gusta ese sabor, ¡pero tampoco debías comprobarlo! — Un pequeño puchero asomó en sus labios, cruzándose de brazos. — Ehm... ¿Te gusta el sabor de mi pintalabios de fresa o qué? — Murmuró, acercándose de nuevo hacia el hombre. Alzó su mirada, con coquetería, ladeando un poquito su cabeza.