SpicyProblems2
Te repudio.
Y no lo pronuncio como un desahogo intempestivo ni como un arrebato de cólera vulgar. Lo digo con plena conciencia del peso que la palabra arrastra consigo. Repudio, en su sentido más severo: repulsión moral, aversión profunda, rechazo que nace tanto de la razón como del instinto.
Te repudio.
Te repudio por una acumulación tan vasta de motivos que mi lengua, aun disciplinada por el mayor rigor, no alcanzaría a enumerarlos antes de que la muerte clausure mi capacidad de hablar. Haría falta prolongar indefinidamente el ejercicio del lenguaje para consignar con alguna exhaustividad el inventario de deformidades que constituyen tu carácter.
En términos estrictamente biológicos eres, sí, un ser humano.
Nada más.
Un cuerpo que respira, un conjunto de órganos que metabolizan, un organismo que ocupa espacio en el mundo. Pero cuando uno desplaza la mirada hacia el ámbito moral o afectivo, lo que aparece no es una persona íntegra, sino una anomalía del espíritu. Una deformación de aquello que debería llamarse humanidad.
En ti parece existir una carencia primordial exactamente en el punto donde debería residir la reciprocidad.
Y esa carencia es lo más abyecto de todo.
No amas.
Ni siquiera manifiestas el menor deseo de aprender a hacerlo.
La reciprocidad afectiva, ese delicado equilibrio que sostiene los vínculos humanos, te resulta innecesaria. La responsabilidad emocional te incomoda. El reconocimiento del otro como igual te parece una exigencia superflua.
Pero, al mismo tiempo, pretendes ser amado.
Lo pretendes con una avidez que roza lo parasitario. Aspiras a la devoción ajena no como quien comparte un vínculo, sino como quien se alimenta de él. No buscas un intercambio, sino una apropiación. No buscas un lazo, sino un recurso.
Tu naturaleza está edificada sobre una asimetría moral grotesca.
...
SpicyProblems2
Rehúyes la entrega, pero exiges la adoración.
Desdeñas el compromiso, pero reclamas sus beneficios.
Repudias el vínculo, pero ambicionas el privilegio de ser el centro de él.
Esa disonancia no es solamente inmoral.
Es indecente.
Porque degrada el amor, que debería ser una experiencia recíproca y digna, a una simple operación de consumo emocional donde tú ocupas el papel del beneficiario absoluto.
Si la lengua española dispusiera de suficientes palabras para describirte con exactitud, necesitaría un repertorio que aún no existe. El vocabulario disponible apenas roza la superficie de tu pobreza moral.
Respiras, sí.
Pero incluso ese acto elemental resulta ofensivo cuando se observa lo que haces con él. Tomas el aire del mundo y lo devuelves convertido en toxicidad afectiva, en manipulación, en una esterilidad moral que termina contaminando cualquier lugar donde apareces.
Tu corazón, tu mente y tu lengua no funcionan como un sistema armonioso.
Son piezas disociadas de un mecanismo fallido.
Tu corazón carece de la facultad de engendrar afecto genuino.
Tu mente ha aprendido a justificar esa carencia.
Y tu lengua pronuncia palabras que imitan humanidad sin poseerla.
Eres, en términos simples, una anomalía afectiva.
Pero lo más grotesco no es tu incapacidad para amar.
Es tu pretensión de ser amado.
Porque el amor no es un tributo que se exige ni un privilegio que se arrebata. Exige integridad, reciprocidad y la capacidad de reconocer en el otro una dignidad equivalente a la propia.
Tú no posees ninguna de esas cualidades.
Por eso, si alguien llegara a amarte, no sería un mérito tuyo.
Sería una injusticia.
Una afrenta contra todos aquellos que sí comprenden que el amor no es una extracción unilateral, sino un pacto humano que exige entrega y decencia.
Y tú careces de ambas.
Por eso te repudio.
No por un error aislado.
No por una falta pasajera.
Te repudio por la totalidad de lo que eres.
Inspiración: Friedrich Nietzche, hablando de Zaratustra.
•
Reply