Se quedó mirando al techo. Su mente vacilaba entre lo que debía hacer y las consecuencias que eso traería después.
Los pasos eran simples: tomar suficiente fuerza y clavar el cuchillo entre las costillas. Pero... ¿y después qué pasaría?
¿Y si no funcionaba? ¿Qué seguiría? ¿Qué pensaría mamá? ¿Papá? Si no funcionaba, ¿con qué cara podría volver a mirarlos?
Clavó un poco más el cuchillo. La punta le dolía, sentía un pequeño pinchazo, y entonces lo apartaba.
Su mente le susurraba que lo hiciera, que era lo más fácil del mundo, que solo los cobardes dudaban tanto como ella.
Cerró los ojos, volvió a intentarlo… y falló. ¿Cómo podía hacerlo después de prometer no volver a elegir la “salida fácil”?
Volvió a quitar el cuchillo, cerró los ojos de nuevo. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas; su nariz, roja y congestionada, la obligaba a respirar entre sollozos. Tomó otra vez el cuchillo. Lo observó fijamente… y entonces, la primera herida apareció en su mano izquierda. La sangre corría a chorros. Había caído en lo más profundo, quizá —solo quizá— había tocado fondo.
Una nueva herida siguió a la otra. Ansiaba sentir algo distinto a ese nudo en la garganta, algo que no fuera desesperación. Quería gritar lo que sentía, pero las palabras se quedaban atrapadas en su boca.
Y así, una tras otra, la velada se volvió eterna.
Vio su oportunidad en las mangas de un suéter; las tomó y las enredó alrededor de su cuello. Pero al final… ni siquiera pudo hacerlo.
Se sintió avergonzada. Quería morir, de verdad lo quería, pero algo la detenía.
Quizás eran aquellas fotografías en su habitación. Las mismas que había colocado con intención, con causa.
Fotos que le recordaban que alguna vez tuvo motivos para vivir, que había hecho promesas.
Y entonces pensó: ¿quién era ella, si ni siquiera tenía el valor de cumplir su propia palabra?