Al notar la palpable demanda de atención de su amigo, Sanemi bajó lentamente la taza y, con una mezcla de desconcierto y sincera duda, solo pudo articular dos palabras:
—¿Tomioka Giyuu?
Obanai ladeó la cabeza ligeramente hacia un costado. En su mente, la pregunta de Sanemi le pareció la cosa más redundante del mundo ¿acaso había otro Tomioka en la sede?. Se tomó un momento para procesar el cuestionamiento, parpadeando con lentitud mientras Kaburamaru se tensaba un poco sobre sus hombros, buscando la manera correcta de contestar a algo que, para él, ya era lo suficientemente complicado de admitir en voz alta.