Hohemio sintió que el corazón le iba a estallar. Balbuceó algo incomprensible antes de hundir el rostro entre las páginas de su cuaderno. Tilin70 rió, no con burla, sino con ternura.
—No tienes que hablar si no quieres —añadió—. A veces, estar acompañado en silencio también es bonito.
Desde ese día, Tilin70 se sentaba con Hohemio cada tarde. No siempre hablaban; a veces compartían audífonos, leyendo juntos o dibujando mundos en los márgenes de los cuadernos. Cada gesto pequeño se convertía en un universo compartido. Y, poco a poco, Hohemio fue encontrando el valor para sonreír abiertamente, para reírse, para hablar de sus sueños.
Una tarde de otoño, mientras las hojas caían como lluvia dorada, Tilin70 tomó la mano de Hohemio entre la suya y, con la misma sonrisa que todo lo empezaba, le susurró:
—Siempre supe que detrás de esos ojos había un mundo hermoso. Me alegra que me hayas dejado entrar.
Y así, entre cafés, libros y tardes doradas, Hohemio y Tilin70 construyeron algo más grande que la timidez o la valentía: una historia de amor que comenzó en el silencio y floreció en complicidad.