Validación.
—¡¡¡Señor juez!!! ¡Aquí están las pruebas de mi dolor! El papeleo donde justifico cada herida, cada corte, cada lágrima y noche sin dormir, el conteo de las madrugadas, horas, minutos y segundos. Evidencia real, fresca, física y emocional, una autopsia de cada corte en mi piel. ¡¡Pruebas de mi cordura en este delito atroz!! No fue mi mente, ¡¡fue real!! Lo puede comprobar—. La carpeta contenía las fotos, cronología, textos subrayados, evidencia cruda y verídica de violencia.
—¡Créame que se sorprenderá cuando en sus manos mire el juego vil en que caí! ¡Mírelo con sus propios ojos! ¡Mírelo usted y todos en este juzgado ¡Soy inocente! ¡¡Mi herida no fue fingida!!
A pesar del dolor físico, la sonrisa no podía abandonar mi rostro; lo tenía, justo donde quería, no podría escapar, el juego de sombras podia terminar.
—Al fin... puedo demostrarlo.
Con carpeta en mano, giré mi cuerpo acercándome a mi objetivo.
La chimenea humeó cuando las pruebas del crimen ardieron, y yo alimentaba ese fuego para convertirse en ceniza ante mis ojos inundados en lágrimas...
—No mentí, fue real; soy inocente.
El camino de esas pruebas, aquel valle de lágrimas ya no era doloroso, atravezar el infierno se sentía como una danza macabra que llegaba a su fin. Los grilletes explotaron.
—Soy libre.