Demián: Ya basta autor, ya deja de darme desarrollo de personaje por favor.
Yo:
Todo eso pasaba mientras fingía ser uno de ellos. Uno de los nelapsis al notarme tenso me invitó a sus calabozos o como ellos le llamaban, los graneros. Allí me ofreció un humano, un niño de apenas siete y ocho años de edad, lleno de marcas de mordidas y hematomas. Lo tomó del brazo como si fuera un trapo viejo y me lo arrojó alegando que la sangre joven es más estimulante. El cuerpo diminuto en mis brazos temblaba en silencio, sus huesos hechos polvo, mantenido con vida apropósito como quien custodia una botella de Johnny Walker. Ahí me di cuenta que estaba siendo obligado a hacer algo imperdonable, no para pasar por uno de ellos, si no para terminar con el sufrimiento de aquel inocente. Lo acerqué a mi boca, las lágrimas del pequeño me mojaban en silenció. Pero mis dientes no le dieron la muerte, fueron mis manos al ejercer una presión acertada, las vértebras cervicales crujieron, una ligera convulsión y la orina contenida salió evacuada de un cuerpo ya sin vida, bebí su sangre, tan dulce y al mismo tiempo tan amarga.