Escrita de manera bilingüe en gallego y castellano, la novela utiliza cada lengua como un registro emocional y simbólico distinto. El gallego aparece ligado a la memoria, al territorio y a las voces antiguas; el castellano, a la ciencia, al desplazamiento y a la mirada exterior. El cambio de idioma no es decorativo, sino parte del propio tejido narrativo, reflejando las fracturas y superposiciones que atraviesan la historia.
Esta novela nace en dos lenguas. No como traducción ni como artificio, sino como reflejo de una realidad escindida. El gallego da voz al paisaje, a la memoria y a lo que resiste al olvido; el castellano articula el pensamiento científico, el viaje y la distancia. Ambas lenguas conviven, se rozan y se contaminan, igual que los tiempos y las realidades que la historia explora.