Mientras mantenía ese ritmo duro y frenético, Kaiser bajó una de sus manos para rodear el miembro de Isagi con un agarre firme y experto. Empezó a mover su mano bien fuerte y rápido, sincronizando cada movimiento con sus propias embestidas.
Isagi echó la cabeza hacia atrás, con los ojos en blanco y la boca abierta en un grito silencioso. La combinación de la fricción interna y el movimiento salvaje que Kaiser le daba en su miembro era demasiado. Se sentía como si estuviera a punto de estallar en mil pedazos.
—¡K-Kaiser... espera! —logró articular Isagi, pero el alemán solo respondió apretando más el agarre y acelerando el ritmo.
—No te detengas ahora, Yoichi —le susurró Kaiser con una sonrisa depredadora, el sudor goteando de su frente sobre el pecho de Isagi—. ¡Siente cómo te domino!
Kaiser no mostraba ni un gramo de piedad. Movía su mano con una velocidad violenta, provocando que Isagi soltara gemidos constantes que rebotaban en las paredes de metal. El placer era tan intenso que era casi doloroso, una sobrecarga sensorial que Isagi nunca había experimentado. Kaiser lo estaba llevando al borde del abismo, dándole con todo, sin dejarlo respirar, hasta que ambos llegaron al límite absoluto.
El final de la batalla
Con una última embestida brutal y un movimiento final de su mano, Isagi colapsó, su cuerpo se tensó por completo mientras llegaba al orgasmo más fuerte de su vida. Kaiser lo siguió segundos después, gruñendo su nombre con una mezcla de triunfo y posesión absoluta.
Se quedaron ahí, abrazados y jadeando, con los corazones latiendo al unísono como si hubieran corrido un maratón de 120 minutos. El vestuario, antes silencioso, ahora solo estaba lleno del sonido de sus respiraciones rotas.