—Entonces... ¿qué se supone que hagamos? —se atrevió a murmurar, rompiendo la postura defensiva que mantenía en el rincón—. Jamás me imaginé terminar casado con mis compañeros. Con dos al mismo tiempo, en realidad.
—¿Acaso con alguno de nosotros por separado sí? —soltó Sanemi de inmediato, desviando apenas la mirada hacia la esquina oscura para observarlo de reojo con un gesto cargado de ironía.
—No. Es decir... —Giyuu guardó silencio unos segundos mientras se deslizaba lentamente sobre sus rodillas hacia el centro del cuarto, deteniéndose a una distancia prudente de la bandeja para examinar la comida con una mezcla de recelo y curiosidad—. Mi matrimonio debía ser con Takatsukasa... no con ustedes.
—Y, sin embargo, aquí estamos —sentenció Obanai, cambiando ligeramente de posición para sentarse directamente sobre el alféizar de la ventana, dejando que la luz de la luna acentuara la rigidez de su rostro antes de escupir con un veneno helado—: Todo por culpa de Shinazugawa.