A veces encontramos un mundo en una persona. Intentamos ser nuestra mejor versión, hacemos esos pequeños detalles que nunca pensamos que haríamos, y nos convertimos en esas personas a las que un día llamamos "cursis". Pero, de pronto, nos damos cuenta de que hemos entregado todo nuestro amor a alguien que no estaba dispuesto a recibirlo.
Él fue mi mundo desde la primera vez que nuestros ojos se conectaron. Había algo en su mirada que me hizo sentir viva, como si todo tuviera sentido. Pero, al final, me di cuenta de que yo nunca fui su mundo. Para él, quizás fui solo un capítulo en su historia, mientras que para mí, él era el protagonista de la mía.
Es doloroso reconocerlo. Es difícil aceptar que a veces amamos con una intensidad que el otro no puede corresponder. Pero así es la vida: llena de lecciones, de desilusiones y, sobre todo, de crecimiento. A pesar del dolor, sigo creyendo en el amor y en la belleza de abrirse a los demás, incluso si eso significa arriesgarse a salir herido.
Porque cada experiencia nos transforma, y aunque esta me dejó cicatrices, también me enseñó a valorar mi propio corazón y a buscar a quienes realmente deseen compartir su mundo conmigo.