Víctima indirecta de un mundo herido, el Hombre aprende demasiado pronto que debe elegir una vestidura. Opta por pieles de lobo cosidas con racionalidad: cada puntada es un pensamiento analítico, un fragmento de conocimiento general, un gesto de valentía. La doble costura existe para impedir que se escape algún rastro de humanidad o quede expuesto aquello que podría convertirse en su “talón de Aquiles”.
El pelaje es tan grueso y resistente que, a veces, ni el calor logra entrar ni una brisa fresca consigue atravesarlo. Entonces el Humano se agota. Porque al principio este traje puede ser necesario, útil, práctico: una coraza, un escudo, un símbolo de su esencia. Presume orgulloso de sus logros, pero el cuerpo también necesita respirar; el agua debe purificar lo externo y abrir paso hacia los poros; un latido debe entrar por los oídos, no solo por las orejas; la suavidad se siente mejor bajo las uñas que bajo las garras.
El Humano pesa menos sin aquella indumentaria. Se siente libre, cómodo, temeroso, feliz. Vuelve a ser joven: anterior al traje, anterior al lobo, anterior al impulso de atacar para defenderse, de atacar para resguardar a una manada, de lastimar sin intención y vivir en alerta ante señales que no siempre representan peligro, aunque para él sí lo parezcan.
Porque bajo kilos de pelo, capas de hilos, libros, garras, ética y cola… alguien sangra, sufre, se queja, duda y llora. Pero eso sucede solo cuando hay luna llena y el lobo se permite, por un instante, transformarse en hombre; cuando ambos acuerdan que necesitan un descanso de sí mismos.