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drama, drama, drama, historia, historia, historia, que tiene que hacer uno para conseguir un rolecito con drama ¿bailo? no le sé ¿canto? mucho menos ¿me vend-? naaaa 

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cómo una buena historia omegaverse, drama, tensión, enojo, reconciliación, buen spicy, marca, NIDO, EMBARAZO AHHH
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Otra vez estaba en el frío, en un lugar en blanco con una eterna nevada elegante, cada copo de nieve, diferente al otro, tamaño, hasta su danzar distintos a los demás. Dejó salir el aliento cálido de sus pulmones sin sentir dolor cuando volvió a respirar, era un frío que no le hacía secar su garganta, no, era agradable, cada paso que nada hacia delante solo podía apreciar lo mismo, la nada, como si no hubiera un rumbo que seguir, todo era un plano de nieve que apenas podía cubrir la suela de sus botas.  
          
          Miró alrededor sin tener nada en particular hasta que, comenzó a ver algo verde a lo lejos, una sensación de ansiedad se encendió en su pecho y comenzó a correr hacia allí, respirando agitado con cada zancada que daba, su aliento saliendo de sus labios cuando comenzó a jadear por el cansancio porque por más que corría, ese lugar permanecia estático. Y eso mismo lo hizo tropezarse con sus propios pies cayendo de lleno en la nieve, boca abajo, pero no hubo dolor, solo un momento de confusión como si estuviera desorientado. 
          
          Fue entonces que se incorporó, se dió cuenta que estaba en un bosque, no de esos bosques densos y húmedos, no, eran de esos que te dan una vista agradable por la cantidad de flores y pequeños caminos de tierra, además de la sombra que daban los árboles, dejando una sensación fresca. Se quedó de rodillas, confundido hasta que una vocesita lo sacó de su ensoñación y vió esos grandes ojos color café, su cabello azabache algo alborotado. 
          
          — ¡Dima! Te estuve buscando todo este tiempo ¿Qué pasó contigo? — Le había dicho, pero Dimitri ni siquiera podía salir de su parálisis hasta que, abrazó con fuerza a “Sasha” apretandolo contra su pecho y conteniendo sus lágrimas en sus ojos azules — ¿Dima? — 

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Y todo fue de golpe, Dimitri se despertó de sopetón en su cama, sudando y respirando agitado, miró alrededor tocándose en pecho. — Alexander... — Llamó muy bajo, mirando a la ventana, estaba nevando y comenzaba a hacer frío, soltó un suspiro frustrado sabiendo que, después de ese sueño, ya no dormiría.
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La celebración era perfecta. Las paredes del salón estaban decoradas con telas carmesí y doradas, los emblemas de dos casas unidas flotaban entre estandartes que bailaban suavemente con el viento de primavera. Las copas estaban llenas, la música de cuerdas flotaba delicada, y las sonrisas formaban parte del protocolo. Una boda real. Una alianza política esperada, cuidada y bendecida.
          
          Y sin embargo, en medio de aquel esplendor, Seon-ho —el Rey del Norte, un Alfa coronado por respeto y fuerza— se sentía como el único cuerpo frío en una hoguera encendida. Su trono de mármol oscuro, situado a unos cuantos pasos del altar ceremonial, lo mantenía erguido y digno. Pero por dentro… se estaba deshaciendo.
          
          No era su boda. Era la del Alfa que amaba. El único que alguna vez le hizo sentir más hombre que rey. El único que, por las leyes de su mundo, jamás pudo llamar “compañero”. Ambos eran Alfas. Poderosos. Incompatibles según el Consejo. Pecado según los sabios. Una amenaza a la pureza del linaje, según los que redactaban las reglas que ahora, con ironía, bendecían el matrimonio con una Beta desconocida pero conveniente.
          
          Todo lo que Seon-ho había amado en secreto estaba a punto de convertirse en esposo de otra.
          
          Nadie notaba su respiración contenida, ni cómo sus dedos acariciaban con amargura la copa de vino que tenía en la mano. Todos reían, comían, aplaudían. La belleza de los novios se celebraba como una victoria del reino. Pero el Rey no miraba belleza alguna. Solo veía una traición involuntaria, un sacrificio inevitable.

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Había ordenado que se tocara una melodía solemne para el vals de los recién casados. Dijo que era una pieza ancestral de su tierra, pero en realidad… era la canción que solía tararear en privado mientras pensaba en ese Alfa. Aquella melodía lo acompañó en noches de deseo reprimido y cartas quemadas. Ahora, sonaba libre, sin pertenecerle.
            
            Y mientras el salón reía y las parejas bailaban, Seon-ho alzó su copa por última vez. Brindó sin hablar. Nadie notó que no bebía. Nadie vio cómo su mirada se llenaba de algo más rojo que el vino.
            
            No hubo masacre esa noche. No hubo espadas ni gritos.
            
            Pero en el corazón del Rey, se celebró una boda roja.
            Porque el amor no murió de forma brutal, sino con elegancia, frente a un altar.
            Y lo enterraron con copas llenas, con flores frescas, con los aplausos de todos… excepto los suyos.
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El primer golpe llegó hacia el rostro de Marcos haciéndole perder las luces por varios segundos, no, no pudo defenderse al tener atadas sus muñecas a su espalda y estar arrodillado en el suelo de tierra de ese predio baldío al que lo habían llevado. Las voces eran claras aún, burlas y reproches, cada una era un constante recordatorio y una fuente para hacerlo recordar a su padre, recibió otro golpe pero no fue por un puño, fue por un bate que lo hizo caer al suelo quejándose por el dolor y el suave zumbido que estaba en su oreja izquierda. Abrió los ojos a penas, sin embargo, no estaba en el suelo terroso, no, estaba en un sueño de baldosas grices, no era cerámica, era una composición de cemento, áspero. 
          
          Abrió la boca para hablar pero recibió un golpe en su abdomen que lo dejó sin aire, haciéndole retorcerse de dolor y espasmos por tocer, entonces logró ver apenas la silueta de un hombre, igual a él, quizás unos años más, insoportable que lo tomó del cabello y me gritó varias cosas que para este punto ya sentía que le iban a reventar los tímpanos. Sintió un tirón en su espalda que le hizo gritar y ahora no tenía sus ojos abiertos, ahora, los tenía cerrados, alucinando en el mismo lugar, ese espantosos suelo de baldosas baratas y vió a una mujer, que no se midió y le dió una bofetada, ahora no reconoció lo que le dijo pero si la notó gritar con histeria. 
          
          Y solo después, sintió la tibia mano de su hermanita pequeña, en esa alucinación, la podía sentir tan real, tan ella. Su vocecita diciendo: “Eles el mejo' he'mano, te qui'o, Isi” ese “Isi” es por su nombre Isaac, ella no podía pronunciar el primero después de todo, estaba muy pequeña. Y lloró contra el suelo de tierra, como sus últimas fuerzas mientras todo comenzaba a hacerse negro para Marcos. 
          
          Pensó en todo, en lo que no hizo bien pero que funcionó para que ahora sus hermanas estuvieran a salvo, gracias a él, no importaba su destino, ellas estaban bien, estarían bien. 

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La noche de diciembre eran frías en su mayoría, aún recuerda eso Emilio antes de mudarse de aquel pequeño país que le enseñó algunas cosas. Recuerda con nostalgia las noches estrelladas con el cantar de los grillos y algunas aves nocturnas de donde vivía, el olor a caña recién cortada que se había adueñado de él por sus feromonas. Claro, el frío no lo podía comparar con los de su actualidad, es mayor pero le da cierta satisfacción dejarse caer en la nieve, recordando a sus amiguitos decir que ellos deseaban poder tocar la nieve, la misma que caia del cielo y no la que se hacía con bloques de hielo o por los congeladores. 
          
          Sumergirse en la nostalgia era algo recurrente cuando se sentía solo en su departamento, sin la presencia de su adorado felino, o de su familia, entonces los recursos lo golpeaban y llevaban de cierto anhelo a ser un niño de nuevo y disfrutar más sus días en ese pequeño país, jugar más en el lodo y campo de sus abuelos, ir detrás de su querida abuela para ir al mercado y ayudarla con las compras. 
          
          Se removió más en las sábanas de su cama, suspirando con anhelo mientras miraba la ventana, la nieve caer con gracia, sonrió al recordar como veía caer trozos de ceniza de vegetación, el mismo que era de la caña que quemaban y volaba por los vientos fuertes dignos de la época, recordar como jugaba diciendo que eso era nieve, rió de si mismo con ternura y melancolía. Aún recordaba el aroma, dulce ligeramente quemado, como el propio.  

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Revisó la hora de su teléfono, no era tan tarde pero tampoco muy temprano, dudando marcó un número y se acomodó en la cama escuchando cada tono hasta ser respondido por una voz adormilada. Se apenó pero trató de aclararse. 
            
            — Perdón por llamar tan tarde. — Un suave susurro, indeciso. — ¿Quieres ir a comer mañana a una cafetería? Yo invito. 
            
            Hizo la petición, algo que debía de hacer, porque al final de cuentas, vivir en la nostalgia lo iba a detener y debía de avanzar, aunque signifique salir de su zona de confort, de su lado seguro. Porque hacer invitación era complicado para él, le recordaba muchas ese chico, pero... Le gustaba.
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Durante la cena, esa a la que Seon-Ho no quería ir pero por obligación estaba sentado, entre todos esos hombres y mujeres con vestimentas elegantes y caras, tan falsos por tener una cuenta con varios ceros al final de un número importante, porque solo allí, es donde vale el cero, para medir las riquezas de estas personas con vanidad y codicia. 
          
          Él salía de eso, su vestimenta de calle, un suéter gris desgastado y pantalón jeans negro que si se notaba nuevo, con esas zapatillas blancas que los chicos de su edad usan, ya sean una copia o las originales de la marca, tan diferentes, a los zapatos negros que tiene enfrente, del mismo hombre que ha llegado a su casa para visitar a su madre. Tan pulcro, con ese traje que le dan ganas de arrancarlo, quizás para humillarlo o por qué en el fondo quiere verlo, ese hombre, es interesante, sus ojos y labios lo son. Y esa estúpida risa que delata que tiene dinero, tan profunda y aterciopelada que le hace temblar. 
          
          Lo ve tan centrado en una conversación tan superficial con su madre, ‹“los odio”› pensó mirando los labios de ese hombre moverse en una sonrisa cínica, apretó sus puños bajo la mesa. Quería borrarla, porque... Quería que el sonriera sincero, pero con él, que esa sonrisa sólo fuera para él y no para su madre. 
          
          La locura de su edad lo llevó a sacar su pie de su zapato y ponerlo sobre el zapato de cuero brilloso del hombre enfrente suyo, se hizo el inocente cuando el lo volteó a ver, y deslizó la punta de sus dedos cubiertos por el calcetines por el tobillo del hombre para descomponerlo, sonríendo a penas, cuando esa sonrisa que ese hombre tenía se hizo tensa.