omegadedozerowo
Los sentidos de Kookoo se volvían cada vez más… agudos, demasiado despiertos. Cada rincón de su piel parecía incapaz de soportar el roce ajeno; como si las manos de cualquiera pudieran encender su frágil cuerpo con un estremecimiento súbito, uno de esos que recorren la espina como una chispa helada. Era un calor extraño: no abrazaba, no reconfortaba; ardía, consumía, más feroz que cualquier llama.
Su respiración se volvía pesada, espesa, apenas contenida entre los labios. Si llevara gafas, ya estarían empañadas por el vaho tibio que escapaba de su boca reseca, humedecida una y otra vez por el roce inquieto de su lengua. Sus dedos se aferraban con desesperación a la tela de una camisa, arrugándola entre las manos temblorosas, mientras su nariz se hundía en la prenda, buscando aquel aroma que prometía calma… o quizás avivar aún más la tormenta que agitaba su mente.
El colchón bajo su cuerpo sufría las consecuencias de su desvelo. Las sábanas, revueltas y traicionadas, apenas lograban cubrirlo; algunas se deslizaban hasta casi besar el suelo frío. Y aun así, Kookoo persistía, inhalando con avidez ese perfume que, de algún modo, se convertía en bálsamo.
Dozer… para alguien como Kookoo siempre había sido una molestia, una presencia irritante. Sin embargo, ahora resultaba irónicamente cruel que la prenda superior de aquel hombre fuera la única cura posible para su extraño mal.
Era un hambre feroz. Un anhelo casi idealizado. Uno que jamás se atrevería a pronunciar, ni siquiera a admitir ante sí mismo.
──dozer..──un gemido bajo, casi dulce, escapó finalmente de sus labios cuando el olor de aquel hombre volvió a colmar sus sentidos.
Lo odiaba tanto… tanto.
Y aun así, en ese instante, incluso ese odio era lo único que necesitaba.
omegadedozerowo
El silencio entre ambos se volvió espeso, casi palpable, tensándose igual que una cuerda a punto de romperse. Y entonces, finalmente, Kookoo habló.
—Te necesito, Dozer…
El murmullo abandonó sus labios con una suavidad enfermiza, tan hundida en la sumisión que el matiz de su voz resultaba repugnantemente dócil incluso para sí mismo. Apenas pronunciarlo le revolvió el estómago. Se odiaba por sonar así. Por necesitar así.
Pero ya no tenía fuerzas para fingir lo contrario.
—Necesito que…
La frase murió a medias cuando su voz terminó rompiéndose. Sus mejillas comenzaron a teñirse lentamente de rojo, no por inocencia, sino por la humillación brutal de verbalizar aquello que llevaba tanto tiempo intentando negar.
Sus dedos se tensaron apenas.
Y entonces confesó la verdad como quien entrega una sentencia.
—Necesito que me toques… Necesito sentirte únicamente a ti en mí… marcando mi cuerpo… volviendo un caos mi mente hasta que tu nombre sea lo único que recuerde
Cada palabra cayó pesada entre ambos. No sonaron como deseo. Sonaron como condena.
Como una plegaria desesperada pronunciada por alguien que ya había perdido demasiado de sí mismo como para seguir distinguiendo dónde terminaba el dolor y dónde comenzaba la devoción. Porque Kookoo no estaba ofreciendo únicamente su cuerpo; estaba entregando algo mucho más terrible.
Su voluntad. Su orgullo.
Quizás incluso aquello que quedaba de su identidad, t lo más aterrador de todo era que, en el fondo, deseaba ser destruido de esa manera. Deseaba que Dozer lo deshiciera pieza por pieza hasta convertirlo en algo incapaz de existir lejos de él.
Aunque aquello terminara consumiéndolo por completo.
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omegadedozerowo
Pero también le gustaba.
Porque Kookoo era eso: una criatura hecha de contradicciones. Un masoquista envuelto en orgullo roto, alguien que encontraba placer justo en aquello que más lo destruía.
Cuando el mentón ajeno fue elevado con aquella firmeza cruel, no hubo ternura en el gesto. No había cuidado. Solo humillación. Dominio. Una manera silenciosa de recordarle cuál era su lugar frente a él.
Sin embargo, esta vez sus ojos no vacilaron.
Había algo perdido en ellos, algo desgastado por el deseo y la dependencia, pero aun así permanecieron fijos sobre los de Dozer, incapaces de apartarse. Sus labios quedaron entreabiertos mientras intentaba recuperar el aliento, aunque respirar se volvía cada vez más complicado. El aire parecía demasiado pesado. Demasiado impregnado de él.
Dozer estaba en todas partes. En el aroma que intoxicaba sus pulmones. En el calor insoportable que subía por su cuello. En el caos que lentamente iba consumiendo su mente.
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omegadedozerowo
El mundo de Kookoo se había reducido a algo peligrosamente simple.
Ya no existían las paredes alrededor, ni el peso del tiempo, ni siquiera el eco de sus propios pensamientos; todo había sido devorado lentamente por una única necesidad que crecía dentro suyo como un incendio silencioso. Una necesidad humillante. Repulsiva. Miserable. Y aun así, más indispensable que el propio aire.
Dozer.
Todo terminaba desembocando en él.
Los ligeros temblores que recorrían sus músculos no eran más que la evidencia vergonzosa de ello; pequeñas fracturas visibles en una compostura que hacía mucho tiempo había dejado de pertenecerle. Su voz salía entrecortada, quebrándose apenas entre respiraciones inestables, mientras sus labios temblorosos dejaban escapar sonidos tan obscenos como lastimeros, como si incluso su vergüenza hubiese aprendido a arrodillarse únicamente para satisfacer al ajeno.
Y lo peor era que lo odiaba.
Lo odiaba con una intensidad feroz.
Odiaba cómo su cuerpo reaccionaba antes que su razón. Odiaba la manera en la que el simple aroma de Dozer invadía sus sentidos como una droga imposible de abandonar; una sustancia lenta y mortal que lo iba consumiendo desde dentro, pudriendo cada pensamiento coherente hasta convertirlo en algo dependiente, dócil y desesperadamente hambriento.
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