...Era una noche muy fría en la Ciudad de Caroní, una pequeña metrópolis ubicada en el norte de la provincia de Buenos Aires. Era una de esas típicas noches de invierno de la región pampeana.
En un pequeño galpón del puerto de la ciudad, cuatro individuos cargaban un camión frigorífico.
—Patón, apúrate. Este cargamento debe llegar a CABA al amanecer —dijo uno de los individuos desde el interior del camión.
—Vamos, muchachos. Tenemos vía libre para trasladarlo —agregó Patón.
—Es un cargamento bastante interesante —exclamó una voz desde el techo del galpón.
—¿Quién está ahí? —preguntó Patón mientras iluminaba el techo con su linterna.
De repente, uno de los individuos desapareció.
—¿Qué...?
Antes de que pudieran reaccionar, otro de los hombres también desapareció.
—¡Patón! ¿Qué sucede? —preguntó el camionero, alarmado.
—Tenemos visita.
Patón subió rápidamente al camión.
—Arranca. Debemos irnos ahora.
El camionero encendió el motor y el camión salió del puerto a toda velocidad. Sin embargo, el misterioso individuo ya se encontraba oculto dentro del contenedor frigorífico.
De repente, la puerta de la cabina del conductor se abrió violentamente. Una figura desconocida sacó al camionero de su asiento y, antes de que pudiera reaccionar, un bastón se interpuso en el volante.
El camión perdió el control y terminó estrellándose contra el cartel de ingreso al puerto.
El misterioso individuo se acercó lentamente a Patón.
—Miguel «Patón» López, treinta y tres años. Condenado por tráfico ilegal a diez años de prisión y liberado debido a supuestas irregularidades durante el juicio.
Patón lo observó con desconfianza.
—Conoces muy bien mi legajo... ¿Acaso eres policía? —preguntó...