Trabajando después de meses:
Sin embargo, la mirada del otro parecía sin una entrada al alma, gris, rezagada a la dicha de alguna alegría que pudo haber existido. Le dolía, era un dolor tan grande que no sabía ni qué pensar, ni qué emoción sentir por la costumbre de que siempre le invada su cuerpo. Un peso que ya se había vuelto silencioso por el paso del tiempo, la locura, y la soledad.