`` Antes del Tiempo, antes del Nombre, hubo un
paso…y ese paso fue escuchado por el universo. ``
—Antigua inscripción en un cuenco de
piedra hallado en las Llanuras de Cania.
Se cuenta que Eikō no nació de otro dios,
ni fue creado por una fuerza superior.
No descendió del Krosmoz como los Doce,
ni emergió de un reino etéreo. Eikō surgió
del deseo profundo de moverse, de encontrar,
de no rendirse.
Dicen que fue en los días previos a todo orden,
cuando el mundo era una vasta llanura sin norte,
sin sur, sin final. No había caminos, ni ríos, ni
viento constante. Solo el silencio… y el miedo
de no saber a dónde ir.
Fue entonces cuando una figura solitaria
(humana, animal, espíritu, nadie lo sabe)
dio un paso hacia lo desconocido, sin mapa,
sin guía. Y con ese paso, el universo se
estremeció: el primer viaje había comenzado.
Las energías del mundo, aún jóvenes e inestables,
se aferraron a ese impulso, y comenzaron a rodearlo.
El polvo formó su túnica. El viento, su aliento. El canto
lejano de las estrellas se convirtió en su risa. Y así,
Eikō tomó forma, no como un dios hecho para ser
adorado, sino como un reflejo eterno del acto de avanzar.