Había llegado finalmente al local, algunos minutos tarde, debido al cansancio que la consumía y a una extraña sensación, como un presentimiento que la hacía recaer, pero al mismo tiempo la mantenía ansiosa. No sabía cómo asimilarlo, pero debía cumplir con sus responsabilidades, y ahí estaba, en su camerino, dando los últimos retoques a su vestuario. Suspiró con evidente disgusto; casi siempre era alguien más quien escogía su atuendo, y aquella noche no era la excepción. La falda de látex rozaba de forma incómoda sus muslos, los cuales eran oprimidos por unas medias ajustadas y un corsé que apenas le permitía respirar con tranquilidad. Quizá su inconformidad se debía a que esa noche no le tocaba bailar, sino atender y ser servicial con los clientes. Aquellos días eran los peores, donde debía fingir una faceta engañosa que incluso para sí misma resultaba desagradable.
Finalmente se dispuso a salir, caminando con delicadeza, hasta que, inesperadamente, un estruendo brutal lastimó sus oídos. No se trataba de la música fuerte, pues pocos segundos después logró percatarse de que eran disparos. No tuvo tiempo de reaccionar; en ese lapso se escucharon pisadas apresuradas, gritos, cristales y muebles rompiéndose, pero sobre todo, el sonido de las armas siendo detonadas. Entró en estado de shock por un momento, y luego, movida por instinto, actuó por supervivencia. Corrió hasta una habitación que conducía a un largo pasillo, uno que solían usar en casos de “seguridad”, debido a lo aislado que era. Por desgracia, no era la primera vez que ocurría un atentado en aquel lugar… pero nunca uno tan extremo como ese.
Temblando, se encontró con una de sus compañeras, quien se aferraba a ella, en un estado incluso peor. Por suerte, la mayoría había logrado refugiarse ahí, y solo esperaba que las faltantes estuvieran a salvo.