en el nicho sin nombre donde yace tu osamenta, he dejado mis dedos a morar entre grietas. a veces los entierro entre las fisuras de tu ataúd. el mármol está manchado, la lápida quebrada, pero yo reconozco el contorno exacto donde tu cráneo descansa. ni la tierra ha querido tragarte del todo; aún se te siente cerca, aún respiras lento en el vaho que se condensa cuando bajo. he aprendido a medir el tiempo con los gusanos. ellos bajan y suben como relojes sin manecillas. me acompañan. ellos y tu silencio. hay días en los que te hablo sin vergüenza, como si bastara que mis palabras rocen los bordes de tu caja para que tú me respondas desde dentro, con ese hálito sin voz que me quema el pecho. no hay ternura más fiel que la del que espera el óbito del otro para consumar su abrazo. y no me da miedo decirlo: ya no te quise vivo. te quería quieto y ahora estás así: inmóvil. tu piel se ha rendido y eso, curiosamente, te ha devuelto la dignidad. a veces creo que tus vértebras se alinean cuando susurro tu nombre. otras veces creo que soy yo quien ya se ha ido contigo. lo único cierto es que, podrido o no, sigues siendo la única silueta que no se disuelve cuando cierro los ojos y no he querido otra cosa más que quedarme.