Últimamente estoy rota por dentro, y es que la pasión simplemente se retira de mi ser y deja espacio a otras fijaciones que no puedo controlar. Mi mente continúa activa, adorando el arte de imaginar, pero el acto de crear ya no se siente como el refugio que solía ser.
Puedo escribirles lo que pueda en mis pequeños días de inspiración que son pocos, pero no les voy a pedir que tengan esperanza ni les voy a prometer un regreso cercano; la verdad es que para escribir necesito certezas, o al menos ficciones en las que creer, y ahora mismo solo tengo preguntas. Quizás soy un defecto del sistema. No puedo dejar de interrogar a la realidad, de masticar dudas abstractas que no van a cambiar el hecho de que mañana tendré que despertarme y seguir viviendo. Es una pérdida de tiempo, lo sé, pero no sé cómo apagar el ruido de mi cabeza.
A pesar de mi aislamiento, el cariño de mis lectores, ustedes, me encuentra, y es una paradoja extraña para mí. Es curioso y conmovedor sentirme protegida por almas que no conocen mi vida real, su afecto, el peso de su atención tal vez es un cariño ciego, dirigido a un fantasma. Ustedes no saben quién soy, no conocen mis horarios, mi rostro, ni la mediocridad de mi rutina. Si me lo preguntaran a mí, yo tampoco sabría dar una respuesta definitiva sobre mi identidad.
Sin embargo, busco refugio en esta distancia, las interacciones con ustedes, o las muestras de aprecio son un dato que ingresa a mi cerebro y le demuestra que todavía sirve para algo. Hay un consuelo frío, pero muy real, en saber que mis palabras activan en otros el placer que yo ya perdí. Verlos disfrutar de lo que a mí ya me resulta ajeno h no me cura, pero le da un propósito a mi parálisis.
Al menos sé que mi vacío sirve para llenar el de alguien más, al menos hoy, podría decirse, que es mi mayor felicidad.