El frío se desvanecía al mismo ritmo que la suciedad de sus manos. . . esa suciedad que jamás desaparecería. Permanecían marcadas por el más puro carmesí, teñidas por el peso de sus innumerables fechorías. Pero, ¿cómo iba a recordarlo cuando aquella calidez envolvía su cuerpo? Su interior, siempre hostil, hallaba un refugio inesperado cada vez que atravesaba las puertas de aquel hospital.
Aunque, en realidad, no era el hospital lo que le brindaba ese consuelo, sino quien habitaba entre aquellas escalofriantes instalaciones. Observó con una emoción apenas contenida cómo, tras la recepción, distinguía por fin aquella inconfundible silueta amarilla. Entró con absoluta naturalidad; después de todo, su presencia allí ya se había convertido en una costumbre. Para su fortuna, el lugar estaba completamente vacío, así que podía aprovechar aquella visita sin interrupciones.
⎯⎯⎯ ❛ ¿ Es muy tarde para recibir una taza de café? ❜ ⎯⎯⎯ Una tenue sonrisa se dibujó entre sus labios mientras sus oscuros orbes se posaban con atención sobre el conejo. Inclinó apenas la cabeza, saludándolo con un gesto silencioso, afable y juguetón. El café hacía tiempo que había dejado de ser el verdadero motivo de sus visitas; no era más que una excusa conveniente. La auténtica razón era aquella extraña calidez que el interno despertaba en él, una sensación tan ajena a su naturaleza como peligrosamente reconfortante.