—Así que ese muchacho de cabello rosa te mordió y tu padre lo vio... —soltó Uzui, cruzándose de brazos—. Qué poco extravagante, Kyojuro. Dejarte atrapar por un descuido tan básico. Aunque, bueno, no se puede esperar menos de un omega adolescente en pleno apogeo de hormonas. ¡Es una falta total de estilo!
—¡No fue un descuido! —protestó Kyojuro, un poco rojo—. ¡Simplemente sucedió! Además, Akaza es... intenso.
Uzui soltó una carcajada dramática.
—¡Intenso! Por favor. Kyojuro, tienes dieciséis años. A esta edad, los Alfas son como cachorros de lobo: muerden todo lo que creen que les pertenece sin pensar en las consecuencias.
—¡Tú te casaste a mi edad, Uzui! —replicó Kyojuro, cruzándose de brazos también—. ¡No puedes hablarme de precocidad!
—¡Es diferente! —Uzui levantó un dedo con aire de superioridad—. En mi clan shinobi eso es común, ¡es tradición extravagante! Además, yo ya era increíblemente maduro y extravagante a esa edad...
Escucha bien, pequeño Rengoku. Los Alfas de esa edad solo tienen una cosa en la cabeza cuando ven a alguien como tú —comenzó Uzui, gesticulando con las manos—. Tienes que entender la analogía de la naturaleza. Imagina que tú eres una flor... una flor brillante, roja y llena de néctar. Y ese chico, ese tal Akaza, es una abeja. ¡Una abeja muy hambrienta!
Kyojuro parpadeó, confundido. —¿Una abeja?
—¡Sí! ¡La abeja quiere tu florecita, Kyojuro! —continuó Uzui con total seriedad—. Quiere polinizar todo el jardín sin pedir permiso. Están en esa etapa donde la abeja solo piensa en la miel y la flor... bueno, la flor se deja morder los pétalos porque también está alborotada. ¡Es el ciclo de la vida, pero sin nada de elegancia! Tienes que aprender a controlar a tu abeja antes de que tu padre la aplaste con un periódico.
Kyojuro se cubrió la cara con las manos, avergonzado. —¡Uzui, tus metáforas son terribles!