Odio a mi padre,
aunque la palabra me tiemble en la boca
como si aún tuviera miedo de pronunciarla.
Odio al hombre que decía amarme
mientras me enseñaba, sin querer,
que las palabras pueden mentir mejor que los silencios.
Me hablaste de amor
como si fuera una promesa eterna,
como si la sangre fuera un pacto irrompible.
Yo te creí.
Porque los hijos creen, incluso cuando no deberían.
Porque confié en tus manos
sin imaginar que podían empujarme al vacío.
Y un día entendí.
No fue de golpe,
fue como una grieta lenta en el pecho.
Me traicionaste.
No con cualquier persona,
sino con tu propia novia,
rompiendo no solo su lealtad,
sino la mía,
como si mi dolor fuera un daño colateral.
Porque no fue un error,
fue una elección.
Elegiste cruzar un límite
que un padre jamás debería siquiera mirar.
Elegiste el deseo antes que el respeto.
Elegiste perderme.
Hoy miro hacia atrás
y dudo de todo.
De tus consejos.
De tus abrazos.
De cada “estoy orgulloso de vos”
que ahora suena hueco,
como un eco en una casa vacía.
Porque ¿cómo confiar
en quien te enseñó a cuidarte
y luego fue quien te hirió?
No es solo enojo lo que siento.
Es una tristeza espesa, cansada,
una decepción que no grita,
pero pesa.Me rompiste algo que no sabía que era frágil:
la idea de que un padre siempre protege,
de que hay vínculos que no se traicionan,
de que el amor tiene límites claros.
Tu novia falló, sí,
pero vos eras el muro,
no la grieta.
Eras quien debía decir “no”,
quien debía detenerse