en las edades en que los dioses hollaban la tierra, llamóse orión al más excelso de los cazadores: desmesurado en talle, intrépido en ánimo, soberbio en palabra. acompañábale siempre su can fidelísimo, cuyo fulgor habría de llamarse sirio, centella vivísima en la negrura nocturna. mas jactóse el gigante de vencer a toda criatura que respirase sobre la faz de la tierra, e irritóse la divina gea, que envió contra él un escorpión ponzoñoso; clavóle éste su aguijón, y hallóse orión rendido por destino inexorable. compadecióse entonces zeus, y alzó al cazador a la bóveda celeste, tornándolo constelación; y no quiso que su perro quedase en la sombra: elevóle también, para que brillase como sirio en el can mayor. así quedaron ambos escritos en el cielo; y el escorpión, hecho constelación de escorpio, se alza cuando orión declina, persiguiéndose sin jamás alcanzarse, en perpetua lección contra la soberbia.