Por decisión de su jefe, quien parecía odiarlas a su novia y a ella, la tienda de conveniencia ahora haría delivery a aquellos que lo solicitasen. Adalia suponía que la codicia de ese hombre no conocía límites, rascar dinero de donde fuera era su mejor virtud.
Por aquel mismo motivo había terminado por estacionar su auto frente al convento, intimidante en infraestructura delante suya. No es como si le tuviera miedo a sitios así, pero despertaban oscuros recuerdos de su breve estadía en el orfanato junto a su novio. Eran sitios llenos de crueldad, pintada en color de rosa y falsa amabilidad. Vomitivo.
Bajó las dos bolsas cargadas de pañales y algo de comida, soltando un largo suspiro antes de adentrarse en el sitio.
— Menudo día...