—¿Cómo te va, Leo?
—A mí bien. Y no me digas Leo… ya las cosas no son como antes.
Una sonrisa se le escapó de los labios, y se puso el corto cabello detrás de la oreja.
—¿Y eso quiere decir que ya no te gustan las morenas, entonces?
Di una calada a mi cigarrillo, retuve el humo un instante en los pulmones y lo solté despacio.
—Son mi debilidad.
Respondí frío y tajante. Ella sonrió, y yo me levanté de la banqueta.
—Me voy, tengo cosas que hacer.
—Oye… ¿no me das tu número?
Se notaba el afán en su voz. Me di la vuelta y la miré.
—Puedes escribirme por Messenger.
Una media sonrisa se dibujó en sus labios.
— Verte en persona después de tantos años es algo nostálgico… ¿no crees?
Una pequeña lágrima rodó por su mejilla.
—Renuncié hace mucho tiempo a la idea de tener algo contigo. Pero jamás podré verte sin que el corazón me recuerde que quería todo… todo contigo.
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