Nunca he sido capaz de escribirle más de un verso a ella. A menudo me siento culpable al pensarlo, y aunque mis manos han dibujado incontables veces todos los presentes posibles aún creo que hay palabras que podrían desbordar de mi boca y mis dedos trazarían las curvas de las figuras incompletas. Oh, incluso cuando la oigo jugar pasadas las doce no hay cosa más sublime que escuchar su voz tan única que hace cosquillas a mis oídos cuando decide que es un buen momento para cantar, y explorar el placer de vocalizar tan melódicas notas que nunca podría alcanzar.