Al final me doy cuenta de que no soy una persona que habita un desastre sino que yo soy el desastre mismo, una herida que camina, una falla en el sistema que se dedica a observar cómo su propia estructura se desintegra segundo a segundo sin que nadie pueda hacer nada para detener el derrumbe absoluto de lo que queda de mi conciencia. Es una condena que se siente en los dedos, en los párpados, en la forma en que mis pies ya no pisan el suelo sino que flotan en una nada densa que me arrastra hacia un fondo que nunca llega pero que me mantiene siempre cayendo ..