Después de varios días de entrenamiento después de clases, ahí se encontraba,,un simple “novato”, como lo llamaban sus compañeros de equipo. Sin embargo, Richie sentía que, en ese breve lapso de tiempo, había mejorado notablemente su rendimiento y comprendía el juego con facilidad. Le resultaba cada vez más natural batear la pelota y salir corriendo, sintiendo la adrenalina recorrerle las venas cada vez que alcanzaba una base, avanzando con una velocidad admirable hasta llegar a su objetivo ganador.
Al principio, no se mostraba tan convencido; aquella era una actividad casi impuesta por sus padres, quienes insistían en que debía canalizar toda su energía en algún deporte. Al menos le habían permitido elegir, y el béisbol fue una de sus primeras opciones. Paara su sorpresa, su equipo terminó siendo el ganador. Richie, sin siquiera proponérselo, destacó entre todos, contagiando con su energía a los demás y recibiendo incluso algunas porras desde las gradas. Sin embargo, parte de su atención estaba puesta en alguien en especial. . . Eddie.
Él lo acompañaba con frecuencia a los entrenamientos. A veces también iban algunos de sus amigos,los autoproclamados “perdedores”, pero Eddie siempre estaba ahí. Richie intuía que, en gran parte, su motivación provenía de esa presencia constante. Cada vez que lo veía aplaudirle o recibirlo con esa sonrisa orgullosa, sentía un impulso distinto, algo más que la simple emoción del juego. Y aquel día, tras la victoria, no fue la excepción.