Ardan carraspeó.
—Hay algo que quería decirte desde que entré y te vi —murmura, con la voz baja, áspera.
Se acerca.
Contengo la respiración cuando su aliento roza mi piel. No me toca aún, pero lo siento
demasiado cerca. Me mira a los ojos, sin prisa, como si estuviera midiendo cuánto puedo
soportar.
Entonces su mano aparece.
Dos dedos se deslizan bajo mi barbilla y la elevan, obligándome a alzar el rostro. El gesto es lento, deliberado. Íntimo de una forma peligrosamente incorrecta.
Estamos demasiado cerca.
(Capítulo 25)