El plebeyo aseguraba vislumbrar una sombra que se fundía con el propio bosque, hipnotizar a la pequeña. Como una obra teatral de algún ser infernal secuestrando a una damisela en peligro, pero esta vez, no existía príncipe alguno capaz de luchar en contra del villano. La niña de solo diecisiete años, relataba el asustado jornalero, sucumbió ante los hilos sinuosos de oscuridad que se la tragaron hasta esfumar cualquier rastro de ella en la penumbra.