Nuevamente, las lágrimas se adelantan a mi voluntad. Caen solas, siguiendo una inercia que mi respiración, ya descontrolada, no puede detener. Intento frenarlas, pero el esfuerzo solo parece abrir más la compuerta. Estoy agotada; desearía tener un interruptor para apagar mi cerebro, aunque sea un instante. Es una urgencia contradictoria: quiero gritar hasta desgarrarme y, al mismo tiempo, forzar una sonrisa frente al espejo para convencerme de que no tengo motivos para estar así.
Lo tengo todo. O, al menos, la lista de requisitos que el mundo dicta para la felicidad: una familia que me quiere, un techo seguro, un trabajo que no me disgusta. Sin embargo, al apagar la luz, el vacío se instala en la cama conmigo. Es una tristeza que no pide permiso y una falta de plenitud que convierte mis días en una secuencia de horas grises. Me pregunto constantemente qué es lo que me falta, pero el silencio es la única respuesta que obtengo.