Yuta se detuvo en seco, sus botas resonando apenas un instante contra el hormigón antes de que el silencio volviera a reinar, roto solo por el chisporroteo del cigarro. No se movió bruscamente; conocía de sobra esa mirada cansada pero alerta, la mirada de alguien que ha visto demasiada sangre y ya no confía en las sombras.
Al notar el movimiento de la mano de la soldado hacia su arma, Yuta levantó ambas manos a la altura de sus hombros, con las palmas abiertas en un gesto de paz universal. Su expresión no era de miedo, sino de una calma algo apenada, como quien lamenta haber interrumpido un momento de descanso necesario.
—Lo siento... No buscaba invadir tu sector, solo estoy intentando ubicarme en este lugar
—
Respondió con una voz suave, pero que cortaba el ambiente cargado de pólvora con una claridad sorprendente
— No me envía nadie, al menos no con malas intenciones.—
El joven hechicero mantuvo la mirada fija en los ojos de la mujer, sin desafiarla, pero tampoco permitiendo que la pesadez del ambiente lo doblegara. Una pequeña sonrisa, algo triste y comprensiva, asomó en sus labios al ver la pistola.
—Me llamo Yuta Okkotsu. Y sobre mi entrenamiento... — hizo una pausa breve, y por un milisegundo, una presión invisible y gélida pareció emanar de su figura antes de desaparecer tan rápido como llegó
— Espero que no sea necesario comprobarlo. He tenido suficiente violencia por una vida, y supongo que tú también.—
Hizo una pequeña inclinación de cabeza, respetando el espacio de la soldado mientras mantenía sus manos a la vista.
— Solo busco presentarme y saber con quién comparto este sitio. Si me permites hablar, te aseguro que no soy tu enemigo.—